Diálogo Segundo

 La dulzura artificial es una de las máscaras

más eficaces de la esclavitud moderna.

Una mentira endulzada

  —¿Comerías algo que daña tus dientes, cada célula de tu cuerpo, tu hígado, tu intestino, tu páncreas y tu cerebro, sabiendo que lo hace?

  —Bueno Maestro… tal vez un poco no haga daño…

  —¿Aceptarías ‘un poco’ de veneno si su sabor fuera agradable?

  —No si supiera que es veneno…

  —¿Y no sabes acaso que el azúcar refinado es tóxico para tu cuerpo? ¿No lo sabes, o prefieres no saberlo?

  —Supongo que lo sé… pero todos lo comen…

  —¿El hecho de que todos lo hagan lo hace correcto? ¿No ves que la estupidez también se contagia?

  —Pero lo dulce me hace sentir bien…

  —¿También la heroína lo hace, o el alcohol, o el elogio vacío? ¿Debemos consumir lo que nos adormece solo porque reconforta?

  —Pero es difícil resistirse. Está en todo…

  —¿No es eso precisamente lo que hace una droga? ¿No te inquieta que sea omnipresente?

  —Entonces… ¿qué como? ¿Nada dulce?

  —¿Acaso las frutas no existen? ¿Te han hecho olvidar su dulzura verdadera para que te sometas al azúcar falsa?

  —Tal vez. Pero es más barato, más rápido…

  —¿Más barato que tu salud? ¿Más rápido hacia dónde: hacia la enfermedad?

  —Pero me da placer, aunque sea un rato.

  —¿Y no es esa la trampa más antigua del mundo? Placer ahora, miseria después. ¿No se te hace familiar?

  —Quizás sí… ¿Entonces, quién se beneficia?

  —Buena pregunta. ¿Quién se enriquece cuando tú eliges lo que te empobrece? ¿Quién gana cuando tú pierdes el control?

  —Mmm…

  —Despierta. No odies el azúcar. Solo déjala de consumir. No luches contra el sistema. Solo deja de obedecerlo.

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